Miedo a la soledad

No es a la soledad a lo que tenemos miedo, es a la consciencia de nuestra responsabilidad sobre las cosas.

El silencio y la quietud abren la puerta a los “fantasmas” internos. Nos traen al presente el dolor de las heridas emocionales que hemos recibido y nos juzga por las que hayamos causado. Se establece una dura batalla entre los sentimientos y los pensamientos más íntimos a la que tenemos pavor. El nerviosismo y la angustia que se despiertan con el silencio, ya sea de día o a la hora de dormir, son las señales de lo que sabes muy bien que va a venir. Las pastillas son una huida del problema, no la solución. Que quede bien claro. Tú decides si quieres ponerle remedio a lo que honestamente te inquieta o prefieres cubrirte los ojos con una venda para no ver.

Hay muchos tipos de vendas más o menos resistentes que con el tiempo dejan de funcionar devolviéndonos al punto de partida, a la realidad de la que huimos. Pueden serlo, el trabajo, la atención a la familia o a los hijos, la pareja, el cuidado de una mascota, o cualquier otra actividad que nos desvíe de mirar hacía adentro. Cuando estas “distracciones” dejan de satisfacer la función principal inconsciente para la que fueron adquiridas, decimos sentirnos decepcionados. Efectivamente es una decepción, pero no está causada por el otro sino por tus expectativas, lo que tú esperabas que “eso otro” cubriera. Es muy injusto cargar la responsabilidad sobre los demás de nuestro propio egoísmo.

Aunque en muchos casos tengamos una insatisfactoria forma de vida, preferimos mantener las heridas a base de vendas antes que sanarlas. Así, cada vez que aparezca el dolor podremos victimizarnos para seguir evadiendo la responsabilidad que nos corresponde. Con ello obtenemos un doble beneficio propio a costa de los demás, protegernos de que nos hieran y llamar la atención. No es necesario que practiquemos el victimismo verbal, lo transmitimos inconscientemente solo con que lo sintamos. El discurso interno o externo de la víctima es que las situaciones, la imperfección del mundo y de esta sociedad son los culpables originales de cualquier daño causado en mí o en otro, y eso me disculpa del que yo haya cometido, esté cometiendo o pueda cometer. Pero claro, esto implica tener bajo control todo lo que ocurre a nuestro alrededor porque el error de los demás son las herramientas que me liberan de mis propios sentimientos de culpa. El caso es no mirar dentro de nosotros y hacernos cargo de solucionarlo cómo adultos que se supone que somos. Nos gusta jugar a “las casitas” a los “papás y las mamás” a los “emprendedores”, pero si cometemos algún error en la tarea no queremos asumirlo. “No he sido yo, es que la profe me tiene manía….” ¿A qué te recuerda esto?

Lo verdaderamente duro es hacerse cargo de nuestros pensamientos, palabras y acciones, sin recurrir a justificaciones, pero muchísimo más duro es asumir la responsabilidad de una herida causada a un ser querido, a los padres o a los hijos por ejemplo. Provoca un dolor difícil de soportar. No queremos ni oír hablar de ello, y mucho menos reconocerlo. Pero TODOS, en mayor o menor medida hemos sido agresores más de una vez aunque puede que aún no nos hayamos dado cuenta de cómo ni cuándo, porque también TODOS hemos sido verdaderas víctimas pero solo durante la infancia. Ahora eres adulto y tu responsabilidad es sanarla.

Los “fantasmas” de la soledad te seguirán acechando hasta que no reúnas el valor de hacerles frente a pecho descubierto, empezando por escucharlos y reconocerlos sin salir corriendo. Después habrá que hacer más cosas, pero cualquier actividad que no sea esa, será un aplazamiento de la angustia que volverá a llamar a tu puerta con más fuerza la próxima vez.

Aplazar o resolver. Es solo una cuestión de tiempo.